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Estándar

Un instante es válido para explicarlo todo en este emplazamiento, una fotografía, un cuadro, un recuerdo…

Sin estar ahí puedo sentirlo todo, cada sonido, cada murmullo. Por un lado el zumbido constante del tráfico rodado taladra mi cabeza, me pierde, me confunde, cambios bruscos de sentido donde se ponen en juego mis reflejos. Hay prisa sin necesidad de haberla, hacer rugir al vehículo se convierte en un hábito y es el pasatiempo favorito en esta intersección. El tráfico parece una bandada, son cientos, miles por minuto pero no se tocan entre sí. De ser así provocarían un caos.

Pero no debería generalizarlos, porque no puedo negar lo que observo, hay grupos de conductores que se mantienen  serenos, profesionales del asfalto que le plantan cara a esta situación a diario, ellos sugieren el orden dentro del caos, su profesión ya de por sí les obliga a mantener la compostura en sus servicios.

Por otro lado presiento diferentes puntos de vista, incluso más allá de donde llega mi ángulo visual. De todas partes se aproxima un cúmulo de figuras y de sombras, bultos en la lejanía que no me dejan percibir sus rostros. Llegado al punto en que los percibo y me envuelven, me hablan y no me miran, murmullan entre sí y comentan.

Entre sí se perciben como manchas de aceite, se forman pequeños círculos, grupos de todo tipo, difíciles de catalogar, pero que se entiende que  van por caminos separados, entran y salen de todos lados, son un flujo constante, muy disperso y maleable. Los comercios los dominan, les ofrecen servicios que necesitan. El número de locales es proporcional a la ingente cantidad de grupos.

Por donde se vea se encuentran estas tiendas, llaman la atención, gritan por conseguir más grupos de personas, sus anuncios rebotan en todas las esquinas, en todas las fachadas y se introducen en las viviendas, pero sobretodo en mis retinas, las luces me queman la cara y todos parecen una mueca intentando encontrar  un refugio dentro de algún bar.

Las luces acotan el lugar. Por los laterales, los comercios forman una cortina con sus propagandas, el alumbrado público me enfoca como si fuera una actuación de teatro y al mismo tiempo rebota hacia el cielo, dejando percibir únicamente un manto que tapa las constelaciones.

Desde mi fijación lo veo todo, pero el espacio me lo permite, este relato solo se puede escribir desde mi punto de vista. Un gran hueco que se abre en la ciudad de Madrid para recibir a semejante cantidad de gente. Un lugar  que permite generar  numerosas series de equipamientos, recibiendo a su público.

Desde carteleras de cine hasta el menú del día, todo a nuestro servicio en tan solo una intersección.  Contradicen al ritmo de la ciudad, se encienden y se apagan a destiempo, conforman un juego de luces evocando una discoteca al aire libre.

Un gran espacio donde cada rincón es una buena opción para sentarse y descansar del ajetreo de la ciudad, enfrentándose a la suciedad de esta.

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