Sin ánimo de lucro

Estándar

En un principio mi propuesta se entendía como una cafetería que compartía espacio con la vivienda de María Langarita. Se había planteado una temática en la que los clientes no pagaban por su consumición sino por el tiempo que permanecían en el establecimiento, siguiendo la metodología de las cafeterías Tsiferblat.

Como segundo plato se planteaba un servicio de lectura para los clientes consiguiendo así un bar en el que los clientes podían disfrutar de un café al mismo tiempo que se relajaban leyendo.

Estas dos ideas surgían de una primera idea inicial de cambiar los ritmos de la ciudad de Madrid (por encargo de mi cliente). Así bien, el proyecto tenía una función muy importante de ralentizar los flujos de gente y ordenarlas en el establecimiento, consiguiendo un orden dentro del caos.

 Se pretendía (y se pretende) crear una paradoja en el centro de la ciudad: donde todo el mundo se dirige de un lugar a otro de la ciudad a contrarreloj, desayunando estresados y esquivando las multitudes, aparece un lugar donde un grupo de personas degustan tranquilamente su ingesta diaria mientras leen con serenidad un par de capítulos de sus respectivas lecturas.

El proyecto tenía dos ramas importantes. Por un lado era conseguir ese orden dentro del caos y por otro era realizar un proyecto eficiente pero no a partir de la sostenibilidad sino a partir del “consumo” de la gente. A través de los clientes que asistiesen al bar se podría recaudar una cierta cantidad de dinero que haría de mi proyecto una propuesta autosuficiente.

Sin embargo si tenemos en cuenta que por tener un establecimiento en el que se ofrece un servicio y se cobra por este hay que pagar impuestos, mantenimiento y abastecimiento, la idea de que el proyecto sea autosuficiente pierde mucha fuerza.

Para tener un dato físico real investigué en foros de autónomos sobre cuánto le podría costar a María mantener su casa/cafetería en el centro de la capital del país. Esta búsqueda me condujo a una página (infoautónomos.com) en la que si se introducían los datos de partida me calculaba la parte que se destinaba a hacienda.

El cálculo se realizó para una persona con un sueldo bruto de 2000€ de los cuales aproximadamente 400€ iban destinados a hacienda. Esta cantidad me resultó muy alarmante. Si por crear el proyecto mi cliente iba a perder más de 400 euros mensuales  yo no podría dormir tranquilo.

Este fue el punto en el que me di cuenta que había que buscar la forma de que la pérdida se redujera lo máximo posible, pero que al mismo tiempo tanto el programa como los objetivos (eficiencia y orden) sigan estando presentes.

Recurrí a la ley y me informé en primer lugar sobre los impuestos en los boletines oficiales del estado (BOE) y apareció una nueva contradicción. Si se plantea una entidad sin fines lucrativos el dinero destinado a impuestos baja notablemente,  lo que suponía renunciar a conseguir dinero a través del proyecto.

Para empezar, si una entidad está enfocada con fines culturales tales como bibliotecas o teatros no pagan nada de I.V.A. (art. 20.14, ley 37/1992), como mi proyecto perseguía ese fin desde un principio solo me quedaba acondicionar lo para que cumpliera los requisitos planteados por el artículo 3 de la ley 49/2002 y así convertirse  en una entidad sin ánimo de lucro.

Este artículo establece que se persiga un fin de interés general, en este caso sería de carácter cultural, donde el 70 % de las ganancias obtenidas (ya sean a través de cuotas o servicios) irán destinadas al establecimiento, como por ejemplo al mantenimiento o los bienes. El cargo del propietario o fundador (en este caso María Langarita) será gratuito y debe entregarse  una memoria al ayuntamiento anualmente.

Con estos requisitos de por medio, el proyecto se transforma. Pasa de ser una cafetería en el que se ofrece un servicio a todo el público, a una asociación a la cual puede acceder cualquier persona que esté interesada y se asocie a esta.

Para que este proyecto tenga actividad y pueda triunfar se deben realizar acciones que nacen de los requisitos impuestos, acciones tales como conseguir una forma de abono rápida y sencilla, generar una difusión muy potente y provocar una satisfacción muy elevada en la gente para que se puedan obtener donaciones (propina), las cuales al no formar parte de la explotación de la actividad se trata de dinero que puede ir a parar directamente al propietario según el artículo 6 de la ley 49/2002, con lo cual aun así se consigue eficiencia.

Si estos requisitos se cumplen se estaría exento de pagar impuestos de sociedades (Art. 7 ley 49/2002), según el artículo 15 de la ley 49/2002 no se pagarían impuestos por bienes inmuebles, ni por actividad económica ni se pagaría un incremento  de valor del terreno de naturaleza urbana.

Por tanto se renuncia a conseguir dinero a través del proyecto pero la función que se planteaba (conseguir un orden, un cambio en la sociedad) puede permanecer.

Llegado a este punto empiezo a entender mi posición como arquitecto de una manera más clara. Como tal, le doy prioridad a la función, a los objetivos que se plantean en un proyecto, a la idea de este.

Plasmo una idea en el proyecto que intento potenciar desde sus usos utilizando estrategias de ubicación, de espacios y de formas. Por ejemplo a la hora de generar una forma (lo cual me obsesiona) busco la salida para que esta atienda directamente a su función. Soy consciente de que hay más factores que la delimitan (y también los analizo) pero no puedo seguir adelante en un proyecto si su forma no se relaciona con su función. Soy funcionalista.

 

BOE. http://www.boe.es/diario_boe/preguntas_frecuentes/boe_contenido.php

Infoautónomos, 2010-2014. http://www.infoautonomos.com/hazte-autonomo/alta-autonomo-obligaciones/bases-y-tipos-de-cotizacion-en-el-regimen-de-autonomos/

La vanguardia,  09/01/2014. “El café Tsiferblat cobra por minutos y no por consumición”. http://www.lavanguardia.com/ocio/20140109/54397930013/cafe-tsiferblat-cobra-minutos-consumicion.html